Una mañana de 1998, Nikolas, un niño disléxico de una escuela de Atenas, entró a la clase de inglés de Aggeliki Pappa. A ella, como a los demás profesores, en la universidad no le habían explicado cómo enseñarle a un chico con dislexia. “Era muy difícil para mí -recuerda Aggeliki- pero él me miró a los ojos y me dijo sin hablar: ‘no me abandones, yo puedo aprender’”.
La historia de la escuela de inglés “I love dyslexia” (“Yo amo la dislexia”) había empezado esa mañana, aunque poco tiempo después a Aggeliki la echaron de la escuela por tratar de “enseñarle de manera diferente a un estudiante diferente en un mundo que no quería que él fuera diferente”, resume ella. Nikolas, aparentemente deprimido por sus dificultades cotidianas, se suicidó durante su último año de secundaria, cuando tenía sólo 16 años. Aggeliki afirma que siente que sus ojos todavía la miran y le dicen: “no los abandones, ellos pueden aprender”.
“Era mi responsabilidad”
El suicidio de Nikolas fue la experiencia más difícil de Aggeliki, que después de pasar muchas noches llorando, decidió crear la primera escuela del mundo que les enseñara inglés como lengua extranjera a niños con dislexia. “Como ya no tenía trabajo -narra Aggeliki-, decidí viajar a Estados Unidos para conocer a los mejores neurocientíficos y pedirles que me ayudaran a entender cómo funciona el cerebro de un disléxico”.
En 2009, en Massachusetts, Aggeliki conoció a Maryanne Wolf, una psicolingüista de la Tufts University que le explicó que la dislexia no es una discapacidad, porque el cerebro humano no tiene un centro de la lectura y la escritura. “A mí nadie me había enseñado eso. Pensé que si la dislexia no era una discapacidad, entonces era mi responsabilidad encontrar una solución para que chicos como Nikolas pudieran aprender a leer y escribir en inglés”, rememora Aggeliki, que cuando volvió a Atenas formó un equipo de maestros y abrió las puertas de “I love dyslexia”.
Darles voz a los mudos
El cerebro de un niño con dislexia necesita otro tipo de estimulación que el de un lector eficiente, porque los chicos con dislexia piensan con imágenes y tienen muchas dificultades para acordarse de los grafemas y sus sonidos. “Cuando entendí esto -dice Aggeliki-, pensé que mis estudiantes debían aprender con imágenes y encontré la forma de poner las letras adentro de un gráfico y conectarlos”.
Por ejemplo, Aggeliki toma la letra “c” y la dibuja en la cola de un gato, para que los niños la conecten con el sonido de la “c” de la palabra “cat” (que significa “gato” en inglés). Después toma la letra “h” y la dibuja en el cuerpo de un caballo, que en inglés se nombra con la palabra “horse”. De esta manera, los niños relacionan las letras y sus sonidos con los dibujos. Un problema pedagógico más difícil surge cuando dos letras modifican su sonido al juntarse, como en el caso de “ch”. “Se me ocurrió -cuenta Aggeliki- inventar una broma: les dije que el caballo es alérgico a los gatos y cuando se les acerca estornuda. Entonces se extrañaron y me preguntaron: ‘¿esas dos letras suenan así’. ¡Lo aprendieron solos, gracias a un chiste!”.
Cuando su primera camada de estudiantes ya había aprendido a leer y escribir, Aggeliki los llevó a un campo de niños refugiados para que les enseñaran inglés. “Como los disléxicos, los chicos refugiados -transmite Aggeliki- están mudos y tenemos que darles voz”.
Según la Organización Mundial de la Salud, entre 10% y 15% de la población mundial convive con la dislexia. Muchos disléxicos tienen problemas sociales y emocionales porque no logran aprender a leer. “Y tenemos que detener esto, porque es un crimen”, ruega Aggeliki.